Sandokan el Rey del Mar
Sandokan el Rey del Mar Por la tarde, el sol desapareció entre un espeso velo de vapores de color muy oscuro, y la brisa se había trocado en un viento fuerte y bastante fresco.
La calma que hasta entonces había reinado, en el mar, se había turbado; de vez en cuando, largas oleadas procedentes del Sur, se estrellaban contra el crucero mugiendo sordamente, y le levantaban, imprimiéndole una brusca sacudida.
-Mañana tendremos mar gruesa -dijo Yáñez al doctor Held, que había vuelto a subir a la cubierta -. Si se desencadena el huracán, el Rey del Mar va a bailar de un modo terrible. Yo he cruzado ya estos parajes y sé lo terribles que son cuando soplan los vientos del Sur y del Oeste.
-Creo que se levantan olas verdaderamente monstruosas, ¿verdad, señor Yáñez?
-De quince metros, y hasta, a veces, incluso alcanzan una altura de dieciocho metros; y su longitud es inconmensurable.
-Pero Mangalum no debe de estar muy lejos ya.
-Es preciso rodear la isla y alejarse de ella, mi querido señor Held. Mangalum no es más que un gran escollo, y las otras dos isletas que lo flanquean, dos puntas rocosas.