Sandokan el Rey del Mar
Sandokan el Rey del Mar -¡Que procuren defenderse ellos también, Damna! -añadió.
-No podrían hacerlo, señor Sandokán -replicó la joven -. En esos barcos es probable que vayan quinientos o seiscientos pobres muchachos que suspiran por el momento de volver a ver su patria y abrazar a sus ancianos padres ¡No haga usted llorar a tantas madres, usted, que ha sido siempre tan generoso!
-¡Mis hombres, los viejos tigres de Mompracem, han llorado la noche que los arrojaron de su isla! -dijo Sandokán, reprimiendo su ira -. ¡Que lloren también las mujeres inglesas!
Sandokán se apartó de la borda y volvió hacía las dos torres de popa, de cuyas boca-portas salían las extremidades de dos grandes cañones de caza que amenazaban al horizonte.
Iba a abrir la boca para ordenar que se hiciese fuego con aquellos dos monstruos de bronce, cuando Damna, en aquel preciso instante, puso una mano sobre los labios del terrible pirata.
-¿Qué es lo que va usted a mandar, mí generoso protector? -preguntó la angloindia.
-¡Voy a dar la orden de muerte! ¡Quiero que esos cantos de alegría se truequen en un grito de angustia! ¡Quiero que el mar abra sus abismos para tragarse a los conquistadores de mi isla!