Sandokan el Rey del Mar
Sandokan el Rey del Mar -¡Eso no lo hará usted, señor Sandokán! -dijo Damna, con voz firme -. Piense usted que cualquier dÃa puede verse acometido por fuerzas superiores a las suyas y ser vencido. ¿A quién respetarán entonces los vencedores?
-Además, no debes olvidar, Sandokán -añadió Yáñez, con voz grave -, que llevamos a bordo a dos muchachas: Surama, la primera y única mujer a quien he amado, y esta joven, por salvar a la cual emprendimos contra los thugs una guerra en la que tuvimos que hacer prodigios. Si ahora haces eso, ni siquiera ellas podrÃan sustraerse a la ira de nuestros vencedores, ¿O es que quieres también hacerlas nuestras cómplices en este acto inhumano?
El Tigre de Malasia se habÃa cruzado de brazos, y miraba ya a Damna, ya a Surama, que se acercaba lentamente en aquel instante. La luz terrible que pocos momentos antes brillaba en sus ojos, fue apagándose poco a poco.
De pronto, sin decir una palabra, tendió a Yáñez la mano, sacudió dos o tres veces la cabeza, y en seguida se puso a pasear, deteniéndose de cuando en cuando para mirar a los barcos, que continuaban su rumbo, pasando a la vista de las islas Romades.
El Rey del Mar les seguÃa continuamente a la misma distancia.