Sandokan el Rey del Mar
Sandokan el Rey del Mar Un barco pequeño que navegaba con velocidad vertiginosa, salió de improviso de entre la niebla, y con loca temeridad corrió hacia el crucero.
Era una chalupa grande de vapor que llevaba un asta muy larga en la proa; la antigua torpedera. Horward, el ingeniero americano, que conocía aquella arma mortífera, dio un grito:
-¡Cuidado! ¡Tratan de lanzarnos un torpedo!
Sandokán y Yáñez saltaron fuera de la torre de órdenes. La chalupa, iluminada por los reflectores eléctricos de los otros barcos, se dirigía velozmente hacia el Rey del Mar, tratando de alcanzarle; un hombre, el que la tripulaba, iba a proa detrás del asta.
-¡Sir Moreland! -gritaron ambos a un tiempo.
Era, efectivamente, el angloindio, que, impulsado por una loca temeridad, se proponía aniquilar al crucero.
-¡Detened esa chalupa! -gritó Sandokán.
-¡No, que nadie le haga fuego! -dijo Yáñez a su vez.
-¿Qué es lo que dices, hermano? -preguntó asombrado, el Tigre de Malasia.
-¡No le matemos! Damna le lloraría siempre. ¡Dejadme hacer a mí!