Sandokan el Rey del Mar
Sandokan el Rey del Mar -Desde el principio, no -contestó el hindú -. Durante los primeros dÃas estuvo sumamente frÃo; tanto, que a mentido me miraba de muy mala manera, lo cual me inspiraba inquietudes y preocupaciones; pero fue cambiando poco a poco.
-¡Ah! -replicó Yáñez, sonriendo.
Volvió a encender el cigarro, que se le habÃa apagado, y se dirigió hacia la toldilla de la cámara, en la cual entraban en aquel momento Damna y Surama.
-¿No habéis tenido miedo, muchachas? -dijo, mirando especialmente y con cierta malicia a la hija del hindú.
-¡Gracias, señor Yáñez! -le susurró Damna, cogiéndole la mano y apretándosela fuertemente.
-¿Qué es lo que sabes?
-¡Lo he oÃdo todo!
-Lo hubieras sentido mucho si le hubiesen matado, ¿verdad, Damna?
-¡SÃ! -suspiró la muchacha -. ¡Es un amor fatal!
-¡Bah! Cuándo concluya la guerra, buscaremos a ese joven animoso, y… , ¡quién sabe!.. Todo puede terminar bien, y quizá seréis una pareja feliz, pues, por lo que yo he podido ver, también sir Moreland te quiere con toda su alma.
-Sin embargo, sahib blanco -dijo Surama -, me han dicho que habÃa intentado volar nuestro barco.