Sandokan el Rey del Mar
Sandokan el Rey del Mar -Lo haré; se lo prometo. Dentro de diez minutos tendré el honor de cañonearle.
-Para entonces ya habré terminado de fumar mi pipa.
Se separaron. Yáñez descendió inmediatamente a la ballenera, que le aguardaba bajo la escala, y el inglés, siempre impasible, volvió a sentarse en la mecedora, después de haber izado la bandera inglesa.
-¿Y ése no quiere moverse? -preguntó Sandokán, en cuanto Yáñez puso el pie en la cubierta del crucero.
-Es un terco digno de ser admirado -respondió el portugués -. Quiere irse a pique con su buque. ¿Lo consentirás?
-Todavía no nos hemos puesto en marcha -dijo Sandokán, sonriendo.
Se acercó a la popa, donde se encontraba el viejo artillero americano apoyado en una de las torrecillas, y le susurró al oído algunas palabras.
Poco después, el crucero viraba de bordo, avanzando a poca máquina en dirección del steamer. El inglés seguía fumando, en espera del cañonazo que había de hundir su barco.
Sandokán se dirigió a la proa y le miró sonriendo.