Sandokan el Rey del Mar
Sandokan el Rey del Mar Se le veía pasear horas enteras por la pasarela de órdenes, escrutando con gran ansiedad el horizonte, poseído de una preocupación cada vez mayor. Ya no era el hombre tranquilo e impasible de otros tiempos, seguro de su barco y de su artillería, que se reía de los peligros y que los afrontaba con la sonrisa en los labios, fumando filosóficamente.
Varias veces al día bajaba a las carboneras, ya casi agotadas, se detenía ante los hornos, ante aquellas bocas hambrientas que pedían alimento con insistencia, y experimentaba en el corazón unas terribles opresiones, cada vez que los fogoneros precipitaban entre las llamas casi moribundas, paletadas de combustible.
Cuando salían de allí, su frente aparecía tempestuosa y sombría, y de nuevo se ponía a pasear, con aire taciturno durante largo tiempo entre las torres de popa y de proa, con los brazos cruzados e inclinada la cabeza, y sin dirigir la palabra a nadie.
Tan sólo doscientas treinta millas separaban al Rey del Mar de las costas occidentales de Borneo, cuando comenzó a esparcirse a bordo una grave noticia.
Un pequeño velero que había sido interrogado dio una respuesta que hizo temblar a toda la gente del corsario.
-¡Cruceros ingleses al Suroeste!
-¿Cuántos?
-Dos.