Sandokan el Rey del Mar
Sandokan el Rey del Mar Cuando vio a Damna, que iba detrás de Sandokán y de Yáñez, la mirada del angloindio se animó vivamente, y por algunos instantes no pudo apartar los ojos de la joven.
-¡Usted, señorita! -exclamó -. ¡Qué feliz me hace el volver a verla!
-¿Cómo se encuentra usted, sir Moreland? -preguntó Damna, ruborizándose.
-¡Oh! La herida va cicatrizándose rápidamente; ¿no es verdad, doctor?
-Dentro de ocho o diez dÃas estará cerrada por completo -respondió el americano -. Es una curación verdaderamente milagrosa.
-Hubiera preferido no verle herido, sir Moreland -dijo Damna.
-Entonces no me hubiera visto usted aquà -respondió el angloindio. Me hubiera dejado hundir con mi barco al lado de la bandera de mi patria.
-Pues me alegro de que hayan podido salvarle de la muerte.
El joven capitán la miró sonriendo y después dijo:
-Muchas gracias, señorita; pero…
-Pero, ¿qué? ¿Qué es lo que quiere usted decir, sir Moreland?