Un drama en el Oceano Pacifico
Un drama en el Oceano Pacifico A medianoche, Grinnell, que había bajado al entrepuente, notó que los travesaños colocados tras las tablas que tapaban la brecha amenazaban ceder de un momento a otro al impulso de las olas, cada vez más altas y fuertes.
Asthor acudió en seguida, y ayudado de Fulton lo aseguró lo mejor que pudo, amontonando contra ellos todas las cajas y barriles que logró encontrar. El agua, sin embargo, se filtraba con abundancia a través de las mal unidas tablas y se la oía precipitarse en gruesos chorros en el fondo de la estiba.
Más tarde, el mar se puso aún más tormentoso y el viento aumentó la carrera del velero, que devoraba el espacio con fantástica rapidez, no obstante tener un solo palo y unas pocas velas.
Frecuentes golpes de mar entraban por las amuras, casi destrozadas por la caída del palo mayor y el de trinquete, y se rompían sobre cubierta, esparciéndolo y echándolo todo a rodar y cayendo en las profundidades de la estiba, después de anegar el castillo de proa.
Las cajas, los barriles y las jaulas de los tigres, no contenidos ya ni por el peso ni por las ataduras, rodaban de una parte a otra, chocando con fuerza; pero la tripulación no tenía tiempo para ocuparse de aquello, necesitando atender a las maniobras del enorme buque, para cuya seguridad hubieran sido precisos lo menos diez hombres más, a fin de que pudiera ir bien dirigido.