Yolanda, la hija del Corsario Negro
Yolanda, la hija del Corsario Negro Elevó la antorcha para ver mejor por dónde iba, y penetró resueltamente en el corredor, llevando la espada desnuda. Hasta en aquel corredor se veían tumbas y monumentos que representaban caballeros españoles con coraza, espada y yelmo.
Pocos minutos tardaron en llegar ante una cancela de hierro medio oxidado, que no estaba cerrada.
En la parte de allá se veía una segunda cripta, y al final Carmaux y Wan Stiller distinguieron con alegría un sutil rayo de luz que se proyectaba sobre el húmedo y negro pavimento del subterráneo.
—¡Ya estamos! —murmuró Carmaux apagando las antorchas.
—¿He cumplido mi promesa? —preguntó don Rafael.
—¡Como un gentilhombre! —dijo Carmaux—. ¿Encontraremos aquí a la hija del Corsario Negro?
—Estoy seguro.
—Le han buscado una prisión detestable.
—Necesitaban sustraerla a vuestras pesquisas.
—¡Compadre Stiller, prepárate a luchar! —dijo Carmaux—. ¡El capitán no se rendirá sin defenderse!
—De eso estoy seguro —dijo don Rafael—. ¡Es un valiente!
Se acercaron con cautela y vieron que un tenue rayo de luz salía por debajo de una puerta.