Yolanda, la hija del Corsario Negro
Yolanda, la hija del Corsario Negro Después de descender quince escalones, los dos filibusteros y el plantador se encontraron en una especie de cripta, en cuyas paredes se veÃan féretros de piedra con blasones e inscripciones diversas.
—¿Son los sepulcros del monasterio? —preguntó Carmaux.
—Sà —repuso don Rafael.
—¡El sitio no es de los más alegres! ¡PreferirÃa estar en la taberna del Toro ante dos botellas de jerez!
De repente se volvió hacia el plantador, diciéndole:
—¿Supongo, don Rafael, que no tendréis intención de meternos en un atolladero?
—¡Los muertos no matan! —repuso el plantador.
—¿Y si estuviesen aquà escondidos el Gobernador y sus oficiales?
Don Rafael se encogió de hombros.
—Esos están muy lejos —dijo.
—¿Adónde vamos ahora?
—Entrad en aquella galerÃa que conduce al refugio del capitán Valera.
—¿Estará solo con la hija del Corsario Negro?
—No puedo saberlo, ya os lo he dicho.
—¡Vamos, compadre! —dijo Carmaux al hamburgués—. ¡No quiero que este hombre crea que tenemos miedo!