Yolanda, la hija del Corsario Negro

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Wan Stiller había disparado sobre el capitán; pero a causa de la oscuridad había errado el golpe.

—¡Mano a la espada, compadre! —gritó Carmaux.

—¡Se nos vienen encima! ¡Don Rafael, encended una antorcha! Nadie contestó.

—¡Truenos de Hamburgo! —gritó Stiller, retrocediendo hacia la puerta y dando tajos a diestro y siniestro para impedir que los españoles se acercasen—. ¡El plantador se ha escurrido como una anguila! ¿Puedes resistir tú solo algunos minutos?

—¡Sí, compadre!

Carmaux llegó a la puerta, y recordando que habían dejado las antorchas en el corredor apoyadas en la pared, se adelantó a tientas para cogerlas y encenderlas con la mecha y el pedernal.

El hamburgués, que ya no corría peligro de ser herido por su compañero, tiraba estocadas en todas direcciones y se cubría con molinetes vertiginosos, al mismo tiempo que gritaba con todas sus fuerzas.

—¡Avanzad, si os atrevéis! ¡Tomad esta, capitán! ¡Para ti, soldaducho, que tiemblas como un conejo! ¡Truenos de Hamburgo! ¡He de haceros cinco mil pedazos!

Los dos españoles, atrincherados detrás de la mesa, también tiraban mandobles por doquier para alejar a sus adversarios, y gritaban simultáneamente:


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