Yolanda, la hija del Corsario Negro

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Wan Stiller obedeció. El capitán tomó una llave del cinturón de piel que llevaba, y se dirigió hacia una puerta que se veía en la extremidad de la sala subterránea.

—¡Despacio, señor! —dijo Carmaux, que era desconfiado—. ¿Estabais solos aquí?

—No hay nadie más —repuso el capitán—. En otro caso, al ruido de la lucha hubieran venido, y tal vez entonces su resultado no habría sido el mismo.

—¡Tenéis razón! —dijo Carmaux.

El capitán introdujo la llave en la cerradura, abrió la puerta, y se dirigió a otra sala iluminada por una lámpara veneciana, sala que tenía el pavimento cubierto por espesa alfombra y estaba amueblada con cierta elegancia.

En su extremidad se veía otro cuarto cuya tapicería de seda recamada de oro estaba descolorida por efecto del tiempo y de la humedad.

—Señora —dijo el capitán—, os ruego que os levantéis. Dos personas que han conocido a vuestro padre os esperan.

Un gritó se oyó detrás de las cortinas, un grito de asombro y de alegría. En seguida salió de la alcoba una joven que clavó los ojos en los filibusteros, los cuales se habían descubierto.


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