Yolanda, la hija del Corsario Negro

Yolanda, la hija del Corsario Negro

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—¡Carmaux! ¡Wan Stiller! Debéis de haber acompañado a mi padre a La Florida después de la explosión del navío de mi abuelo el Duque. En las memorias escritas y legadas a mí por mi padre he encontrado muchas veces vuestro nombre.

Adelantó algunos pasos y extendió sus dos manos finas y afiladas a los dos corsarios, diciéndoles:

—¡Dadme la mano, héroes del mar, fieles compañeros de mi padre en su triste vida de aventuras!

Confusos y azorados los dos filibusteros, cogieron las dos manecitas entre las suyas, recias y callosas, murmurando algunas palabras de gratitud.

—Y ahora —dijo la joven— soy con vosotros, si el capitán no se opone.

Se cubrió los hombros con una mantilla de seda negra con encajes venecianos, y cogiendo un gracioso sombrero de fieltro obscuro adornado con una pluma negra, se colocó entre los dos corsarios, diciendo al capitán con ironía:

—¡Mis saludos al señor conde de Medina y Torres; y decidle que si quiere cogerme tendrá que ir a las Tortugas, si se atreve!

El capitán no contestó; pero apenas Carmaux y Wan Stiller salieron con la joven, dijo:

—¡Estúpidos! ¡No me habéis matado! ¡Pronto tendréis noticias mías! ¡Y ahora tratemos de alcanzar al Gobernador sin esperar su salvoconducto!


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