Yolanda, la hija del Corsario Negro
Yolanda, la hija del Corsario Negro Apenas estuvieron frente a frente los dos gallos se atacaron con furor, batiendo las alas y arrancándose mechones de plumas.
Parecían entrambos de la misma fuerza; y Zambo, aunque semiciego, no concedía tregua alguna a su adversario.
Pronto empezó la sangre a correr por la mesa.
Los dos combatientes ya se habían herido varias veces con los espolones, y Plata tenía la bella cresta violácea hecha pedazos.
De tiempo en tiempo, como de común acuerdo se detenían para tomar aliento y sacudir los coágulos de sangre que los cegaban, y volvían a la carga con mayor furia que antes.
Al quinto ataque, Plata quedó debajo de Zambo.
Un coro de imprecaciones resonó en la sala, pues la mayoría había apostado por el nuevo gallo.
Con un imprevisto movimiento Plata logró librarse de su enemigo; pero no rehuir un picotazo que le sacó un ojo.
—¡Por lo menos, así están iguales! —dijo Carmaux—. ¡Ambos tuertos!
El careador se había precipitado hacia Plata. Le hizo tragar un sorbo de aguardiente, le lavó la cabeza con la esponja para limpiarle la sangre, le exprimió en la órbita vacía un poco de jugo de limón, y tornó a lanzarlo en la mesa, diciendo: