Yolanda, la hija del Corsario Negro
Yolanda, la hija del Corsario Negro Morgan, que conservaba toda su sangre frÃa, habÃa dado orden de abandonar las ya inútiles bombas. Solo le preocupaba el torbellino, que podÃa hacer naufragar de golpe a la fragata.
—¡Cuatro hombres al timón! —habÃa gritado—. ¡Listos, a virar! ¡Salvad la mesana!
Un horrible crujido siguió a sus palabras. El palo mayor, ya carbonizado por la base y privado de obenques, jarcias, etc., después de haber oscilado algunos instantes describiendo un cÃrculo de humo, cayó a través de la fragata, destrozando los empalizados y tirando al mar uno de los cañones de caza de la cubierta.
El estruendo fue tal, que Morgan y Pedro el Picardo temieron por un momento llegado el instante final.
Por fortuna, una ola monstruosa, después de haber apagado las entenas llameantes y los restos del velamen, arrastró consigo el palo, restableciendo el equilibrio de la nave.
Ya era tiempo. El torbellino se precipitaba sobre la fragata con Ãmpetu irresistible.
Se habÃa formado, o mejor, habÃa aparecido a cinco o seis cables de proa, y avanzaba mugiendo como una inmensa muralla lÃquida, cuya altura no podÃa medirse.
En la cima, una franja de espuma que reflejaba los temblores de las llamas desprendidas del trinquete, se rizaba y se rompÃa bajo el constante y poderoso soplo del viento.