Yolanda, la hija del Corsario Negro

Yolanda, la hija del Corsario Negro

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Depositó dulcemente a la joven y, desenvainando la espada, cortó ocho o diez hojas de plátano y formó con ellas una especie de cama, que cubrió con musgo arrancado de un árbol enorme. Entre tanto Carmaux había recogido a tientas hojas secas y había improvisado una hoguera, encendida sin gran trabajo. Apenas se alzó la llama vieron a la joven levantar un brazo, como si quisiera alejar algo. Morgan dio un grito de alegría.

—¡Vuelve en sí! ¡Yolanda, señorita de Ventimiglia!

La joven tenía aún los ojos cerrados, y su bello rostro estaba palidísimo; pero su respiración era más libre.

—¡Señorita, señorita, estáis salvada! —repetía Morgan, inclinado sobre ella ansiosamente—. ¡Estamos en la costa!

Al cabo de un momento la joven se movió, y sus bellos ojos abiertos se fijaron en Morgan.

—¡Vos, señor! —murmuró.

—¡Sí, soy yo; Morgan!

Una sonrisa asomó a los labios de la hija del Corsario, y su diestra oprimió la del filibustero.

—¡La ola! ¡Recuerdo! ¿Cómo es que aún vivo?

—¿Estáis herida, señorita?

—No. Es verdad que caí cuando me arrastraba el agua. ¿Y la nave? ¿Y los otros?


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