Yolanda, la hija del Corsario Negro
Yolanda, la hija del Corsario Negro —Ni yo —dijo Yolanda, que iba con ellos.
—Allá veo una punta que se extiende hacia el noroeste —dijo Morgan—. Puede ser que las aguas la hayan empujado hacia allá.
—SentirĂa que mi amigo Wan Stiller hubiera naufragado sin mĂ.
—Apenas podamos, alcanzaremos aquella punta —dijo Morgan.
—Capitán —dijo Yolanda—, ¿sabéis dónde hemos naufragado?
—En la costa venezolana, señorita; pero dĂłnde, precisamente, no sĂ© decĂroslo.
—¿Tienen por aquà ciudades los españoles?
—SĂ, y no pocas, aunque bastante alejadas unas de otras.
—Entonces, ¿cómo haréis para volver a las Tortugas?
—No lo sé, señorita; por ahora no pensemos en eso. Sea como sea, iremos; ¿verdad, Carmaux?
—¡Un filibustero encuentra siempre el modo de volver a casa, si no le ahorcan o le fusilan en el camino! —dijo el francés riendo.
—¿PodrĂas darnos algo de comer, viejo mĂo? Los bosques de Venezuela tienen muchos recursos.
—Pero yo solo tengo mi cuchillo de maniobra.
—Y yo, mi espada y mi pistola.
—¡Pobre armamento si encontramos indios!