Yolanda, la hija del Corsario Negro

Yolanda, la hija del Corsario Negro

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—Ante todo, pon el asado en lugar seguro —dijo Morgan.

—Nadie lo tocará; os lo aseguro —repuso Carmaux—. ¡A quien quiera probarlo le romperé las costillas!

En aquel momento las ramas se abrieron, y dos indios aparecieron de improviso, empuñando un largo arco de dos metros y flechas larguísimas, provistas en su extremo de aguzada espina.

Estaban casi desnudos, eran de alta estatura, piel rojiza surcada por extrañas pinturas hechas con jugo de genipa, cabellos negros larguísimos y ojos torvos.

En la cintura llevaban sujeto una especie de taparrabos de fibra vegetal, y al cuello y en las muñecas, collares y brazaletes de dientes de animales feroces, de garras de jaguar y escamas de tortugas.

Viendo a los náufragos, se detuvieron y los miraron con cierta curiosidad, pero sin manifestar por el momento ninguna intención hostil. Uno de los dos, que llevaba prendido en un cabello el pico de un tucán, dio algunos pasos y dijo en mal español:

—¿Qué hacen aquí los hombres blancos?

—Hemos naufragado la pasada noche —repuso Morgan cubriendo con su cuerpo a Yolanda—. ¿Quiénes sois?

—Caribes —dijo el indio.

—¿Cómo sabes tú el español?


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