Yolanda, la hija del Corsario Negro
Yolanda, la hija del Corsario Negro Ayudado por la joven, hizo recolección de ramas y hojas secas, reavivó el fuego y se puso a desplumar al volátil, mientras Carmaux trepaba a una de las más altas palmeras.
Pocos minutos después un ruido de hojas sacudidas y ramas rotas anunciaba a Morgan que también el pan estaba seguro.
Realmente no era pan, porque no era artocarpo, nombre que dan a una planta que sustituye a la de harina, aunque su gusto se asemeja más a la alcachofa.
Las palmas producen una especie de fruta monstruosa, de un metro de largo, y gruesa como la pierna de un hombre; blanca, lisa, de excelente sabor, y que para los indios sustituye el casava, o sea la galleta de mandioca, cuando este tubérculo falta.
Carmaux, que habÃa ya bajado, se puso a descortezar la mandorla, cuando a sus oÃdos llegó un rumor de hojas y de ramas, como si alguien tratara de abrirse paso por entre las plantas.
—¡Señor Morgan, alerta! —gritó tendiéndole su espada—. ¡Parece que alguien se acerca!
—¿Algún animal?
—No sé, señor —dijo el filibustero recogiendo del suelo una rama que podÃa servirle de bastón—. Me parece que alguien corre por entre las plantas.
—Yo no he oÃdo nada. ¿Y vos, señorita?
—Tampoco.