Yolanda, la hija del Corsario Negro
Yolanda, la hija del Corsario Negro Aquel gracioso pájaro no mostraba ningún temor por la proximidad de las tres personas; antes bien, las miraba complacido, batiendo las alas y continuando su cantata.
—¡No se escapará! —dijo Carmaux, viendo que Morgan buscaba algo que tirarle—. ¡Dejadme a mÃ, capitán!
Viendo a algunos pasos un calupo diablo, planta que produce unas simientes que se tienen por óptimas contra las mordeduras de las serpientes, sobre todo en infusión en aguardiente, desgranó algunas y se las echó al volátil, que se puso a comer tranquilamente.
—Ya veis cómo se familiarizan con las personas —dijo Carmaux—. ¡Lo siento, repito; pero no hay otra cosa!
Mientras con una mano continuaba echando semillas, con la otra empuñaba la espada de Morgan, y lentamente se acercaba al pobre pájaro.
De pronto la hoja brilló en los aires, y el agami, decapitado, rodó por el suelo batiendo las alas.
—¡Pobrecillo! —exclamó Yolanda—. ¡Hacéis traición a su confianza!
—Es la lucha por la existencia, señorita —repuso Morgan—. CuÃdate del pan ahora, amigo, mientras yo preparo el asado.