Yolanda, la hija del Corsario Negro

Yolanda, la hija del Corsario Negro

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—Sí; esas plantas de corteza blanquecina se llaman así, aunque no porque den queso.

—Pero su madera es blanca y porosa, sencilla y muy ligera —añadió Morgan—. Eso otro son semillas de palmeras; ¿verdad, Carmaux?

—Sí, señor; y es una verdadera lástima que no haya ningún animal que comer, teniendo ya el pan asegurado.

—No lo veo hasta ahora —dijo Yolanda—. ¿Dónde hay horno?

—¡Un momento, señorita! ¡Oh! ¡Soy un ingrato! ¡Me lamento sin razón! El asado vendrá a ofrecerse él mismo.

Un grito extraño, que parecía de trompeta, resonó a pocos pasos.

—¿Qué es? —preguntó asombrada Yolanda.

—¿Alguna señal india? —dijo Morgan desenvainando su espada.

—Es el asado que se anuncia —dijo riendo Carmaux—. ¡Buen pájaro! ¡El agami! Da pena matarle; pero el estómago no razona. ¡Señor Morgan, dadme vuestra espada!

Un hermoso volátil, grande como un gallo, de larguísimas patas, con plumas negras en el cuello y en las alas y doradas bajo el vientre y en el dorso, había salido de entre el follaje y saludaba a los náufragos con alegre trompeteo.


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