Yolanda, la hija del Corsario Negro
Yolanda, la hija del Corsario Negro Y, en efecto, hasta donde la vista alcanzaba se veÃan las verdes hojas de las primeras, dispuestas como un plumero, en la punta de un tronco ni muy alto ni muy ancho, y las más claras y menos largas de los segundos, con tronco más grueso y blanquecino, y las ramas cubiertas de frutas erizadas de espinas duras, que se utilizan como clavos.
Bajo aquella bóveda de verdura, unidas unas a otras, rectas o enroscadas como serpientes, se veÃan grupos de plantas parásitas, bejucos, roquetas, que dan una fruta parecida a los higos, y troncos sarmentosos de niku, de negra y reluciente corteza.
Entre las ramas aullaban los macacos, simios voracÃsimos y glotones, y revoloteaban tucanes de pico enorme.
En lontananza un honorato desde la cima del más alto bombix lanzaba con monotonÃa unas cuantas notas musicales: do-mi-sol-do.
—¡La colación no ha de faltar! —dijo Carmaux lanzando una ojeada a las plantas.
—¿Acaso esas frutas espinosas? —preguntó Yolanda.
—¡Eso apenas sirve para los simios! Tenemos algo mejor. Los queseros no son de ninguna utilidad para los hombres, y sobre todo para los hambrientos.
—¿Los queseros habéis dicho?