Yolanda, la hija del Corsario Negro
Yolanda, la hija del Corsario Negro —¿Y si se hubiera ido a pique con todos sus tripulantes? —preguntó la joven.
—SerÃa una grave desgracia —repuso Morgan.
—¿Cómo volverÃais a las Tortugas?
—No nos quedarÃa más recurso que intentar la travesÃa del golfo en una piragua india: peligrosa empresa, es cierto, señorita; pero yo estoy resuelto a no acabar aquà mis dÃas.
—¿No llegan hasta estas playas los corsarios?
—Algunas veces, cuando hay algo que hacer en contra de los galeones españoles; por eso deberÃamos esperar algunos meses. ¡Vamos, señorita; pronto sabremos lo que le ha ocurrido a la nave!
Precedidos por los dos indios, que se sentÃan más seguros junto a los hombres blancos y que no se atrevÃan a entrar en el bosque por temor a encontrarse con los oyaculés, que les inspiraban invencible temor, se pusieron en marcha siguiendo el lindero del bosque.
Habiendo cesado el huracán, las olas poco a poco habÃan disminuido; pero la resaca se dejaba sentir violentÃsima en la playa a causa de los arrecifes.
Ningún despojo aparecÃa entre las aguas que indicase haber naufragado allà una nave; antes bien, quizá el velero habÃa sido arrastrado hacia detrás del cabo, donde se habÃa estrellado.