Yolanda, la hija del Corsario Negro
Yolanda, la hija del Corsario Negro —¿Tenéis la pistola, señor Morgan? —dijo Carmaux.
—Con dos tiros y la pólvora mojada.
—La secaremos y reservaremos los dos tiros para las grandes circunstancias.
—Comamos de prisa y desalojemos —dijo el filibustero.
—Si encontramos a nuestros compañeros, nada tenemos que temer de estos salvajes.
—Sentaos, señorita, y no os preocupéis por ahora.
—A vuestro lado me siento segura —repuso la joven.
Dividieron el volátil, del cual dieron un pedazo a los dos indios, y partieron el pan, que fue muy del agrado de todos.
Mientras comÃan Kumasa les contó que él y su compañero pertenecÃan a una gran tribu de caribes que tenÃa su aldea en la orilla de un profundo golfo, no muy lejos de allÃ, y que él era de sus capitanes más respetados y estimados.
Terminaron su almuerzo sin ser molestados.
Probablemente los antropófagos habÃan perdido el rastro de los dos indios, o, desesperando de poder cogerlos, se habÃan retirado a sus bosques.
—¡Vamos! —dijo Morgan—. Iremos a ver aquel cabo, ya que supongo que la nave se ha estrellado allÃ.