Yolanda, la hija del Corsario Negro

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CAPÍTULO XXV

LA MARCHA NOCTURNA

Segura Yolanda de que también el primer indio había muerto, comenzaba a tranquilizarse; sin embargo, no estaba muy satisfecha del curso seguido por el islote flotante, y que no podía en modo alguno modificar, porque no tenía suficiente fuerza para dirigir semejante masa.

Primero confió en que la corriente la llevaría hacia el banco donde estaba encallada la canoa; pero, por el contrario, se alejaba hacia el mediodía, donde, al menos entonces, no se veían árboles de ninguna clase que indicaran la presencia de tierra firme.

—¿Desembocará esta laguna en el mar? —se preguntó—. ¡No; no es posible! —añadió después de haberse orientado con el sol—. El golfo de México está hacia septentrión, o sea detrás de mí. ¿Adónde va, entonces, esta agua? ¿A alguna laguna interior? ¡Qué inquieto estará Morgan no viéndome! ¡Si pudiese aún prevenirle! ¡Probemos!

Se adelantó hasta el borde del islote, y con toda su voz le llamó por tres veces.

Poco después una voz bastante lejana contestó:

—¡Señorita! ¡Señorita! ¿Dónde estáis?

—¡La corriente me lleva hacia el sur! ¡Apenas toque tierra, me reuniré con vos! Nadie me amenaza; así, pues, esperadme sin angustiaros, aunque tarde.

—¡Ya no os veo!


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