Yolanda, la hija del Corsario Negro

Yolanda, la hija del Corsario Negro

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—¡Estoy tras los islotes! ¡Adiós, señor Morgan; esperadme!

Volvió a oír la voz del filibustero; pero tan débil que no pudo entenderle.

La distancia aumentaba, y los islotes y los bancos eran tan abundantes, que impedían que la voz se propagase.

—Mientras brille el sol los animales feroces no le atacarán —dijo Yolanda—. Yo seré quien para reunirme con él tenga acaso que cruzar el bosque de noche. ¿Tendré valor? ¡Vaya; no nos desesperemos!

Se sentó en el borde de la almadía, poniendo a su lado la espada y como media docena de huevos, pues había dejado en un hoyo los que cogió de los nidos.

—¡Lástima no poder invitar al señor Morgan! —dijo—. Sobre todo, él es quien necesita fortalecerse.

Terminado el frugal almuerzo construyó con algunas cañas una especie de tejadillo para preservarse de los ardientes rayos del sol, y esperó pacientemente a que el islote se acercara a algún sitio.

El canal había terminado y ante el islote se extendía una inmensa superficie líquida, casi obstruida por los bancos, surcada por infinito número de aves marinas que revoloteaban con absoluta confianza por cerca de Yolanda, posándose en las cañas.


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