Yolanda, la hija del Corsario Negro

Yolanda, la hija del Corsario Negro

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Al sur comenzaba a distinguirse una línea oscura, que debía de ser el lindero de un bosque.

La laguna debía de terminar allí, desaguando en algún río, porque la corriente, aunque siempre muy débil, no variaba de dirección.

—No llegaré antes de la noche —dijo la joven observando aquella línea—. ¿Cuánto tendré que andar para reunirme con Morgan? ¡Y de noche, cuando las fieras salen de sus cubiles en busca de presas! Sin embargo, no puedo dejar solo al corsario, que aún está muy débil y no podría defenderse. ¡Pase lo que pase, costearé la laguna hasta que le encuentre!

Volvió a sentarse bajo el tejadillo mirando a las aguas, que de cuando en cuando dejaban ver algún dorso cubierto de rugosas escamas.

Eran caimanes que jugaban persiguiéndose.

Por fortuna, parecían no prestar atención al islote.

Entre tanto cada vez se acercaba más la tierra. Era muy baja, tanto, que semejaba encontrarse al nivel del agua, y cubierta de árboles que parecían pertenecer a la especie de los mangos, con altas raíces que sobresalían del agua.

El sol iba a hundirse en el horizonte, cuando por fin el islote encalló en la orilla, que parecía pantanosa y que muy bien podía ocultar arenas movedizas.


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