Yolanda, la hija del Corsario Negro

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Los mangos estaban muy próximos, y sus raíces tan unidas, que permitían pasar sobre ellas.

Yolanda, que desconfiaba de aquel terreno traidor, se colgó el espadón al costado, y ayudándose con pies y manos subió a la raíz más cercana, sin ocuparse de las protestas inofensivas de una banda de simios rojos que habían ocupado las ramas para saquear sus frutos.

Agarrándose a los bejucos que colgaban de los troncos y que resistían como cuerdas de pita, y cuidando de mirar dónde ponía el pie para no ser tragada por las arenas, al cabo de un cuarto de hora de fatigosa gimnasia llegó a un terreno cubierto de palmas gumíferas y de aspecto pintoresco.

—Subamos hacia septentrión —dijo Yolanda—. Ordinariamente las fieras no salen de los bosques antes de la media noche, y para esa hora confío en haber recorrido mucho camino. ¡Pobre Morgan; qué inquieto estará!

Recogió algunos mangos del suelo, puso varios en su falda para llevárselos al herido, pues había abandonado los huevos para estar más libre, y empuñando el espadón emprendió intrépidamente la marcha costeando la laguna.

El sol había desaparecido ya, y las aves surcaban el espacio en busca de sus nidos. La luna comenzaba a mostrarse y se reflejaba en las aguas.


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