Yolanda, la hija del Corsario Negro
Yolanda, la hija del Corsario Negro Los rumores se apagaban poco a poco. Los simios y los volátiles callaban, y, en cambio, zumbaban los zanzares, que por batallones se destacaban de los manglares.
Yolanda apretaba el paso, manteniéndose lo más lejos posible del lindero del bosque para no ser inesperadamente atacada por algún jaguar o algún leopardo, y con frecuencia se detenía para escuchar.
Por fortuna, el bosque, al menos entonces, estaba en silencio: no se oía más que el susurro de la fronda apenas agitada por el vientecillo nocturno.
Sin embargo, no estaba tranquila, y aunque llevaba la espada, vagos temores comenzaban a asaltarla.
Le parecía ver entre la hojarasca agitarse sombras humanas y brillar los fosforescentes ojos de animales feroces.
Ya tres o cuatro veces se había detenido y mirado a su alrededor con espanto, creyendo que la seguían hombres o animales, preguntándose si no hubiera sido mejor refugiarse en cualquier árbol y esperar el nuevo día.
Pero el temor de que Morgan, hacia quien en el fondo de su alma sentía ya algo más que un simple afecto, pudiera correr cualquier peligro, la incitaba a apresurar el paso.
Ya hacía un par de horas que caminaba a toda prisa, cuando le pareció que una figura monstruosa se agitaba en el borde del bosque.