Yolanda, la hija del Corsario Negro
Yolanda, la hija del Corsario Negro Se detuvo lanzando un grito. Aquella bestia estaba a cuarenta pasos de ella, y se movía cómicamente haciendo bufas reverencias.
La luna, que brillaba en un cielo purísimo, la iluminaba solo en parte; así que Yolanda no lograba observarla bien.
Le parecía un simio más bien que un jaguar o un tapir de extraordinarias dimensiones.
—Parece un orangután —murmuró Yolanda—. Pero me han asegurado que en América no hay más que simios pequeños.
Intentó avanzar algunos pasos con la idea de espantarle; pero el singular animal no dejó su puesto y continuó sus movimientos y reverencias.
Yolanda no sabía qué hacer: no se atrevía a retroceder y volver al islote una vez que el campamento debía de estar cerca; y titubeaba en avanzar, porque aquel cuadrumano estaba precisamente por donde debía pasar, por entre la laguna y el bosque.
—Estoy armada —dijo—, y la hoja es fuerte.
Se dirigió directamente hacia el cuadrumano, gritando y haciendo brillar la espada a los rayos de la luna.
El animal la dejó acercarse, y cuando la vio a pocos pasos se escapó hacia el bosque. ¡Cosa extraña! Al moverse se había empequeñecido, y no parecía mayor que un simio común.