Yolanda, la hija del Corsario Negro
Yolanda, la hija del Corsario Negro —¡Oh! ¡Curioso! —exclamó riendo la joven—. ¿Habrá sido una ilusión óptica, un efecto de los rayos de luna reflejados en las aguas y que han agrandado a ese mico? ¡Más vale asÃ! Sin embargo, aún tiemblo.
Contenta de haber escapado de aquel peligro, que al principio no le habÃa parecido imaginario, reanudó animosamente su caminata.
Después de otra hora, mientras bajaba una pequeña altura que costeaba la llanura, distinguió en lontananza un punto luminoso.
—¡Nuestro campamento! —exclamó alegremente—. ¡Pobre señor Morgan! ¿Cómo habrá hecho para encender el fuego, herido como está? ¡Se alegrará de volver a verme!
Redobló el paso sin preocuparse de los aullidos de los monos rojos que de cuando en cuando resonaban bajo los árboles, y cuando ya solo distaba del campamento unos tres a cuatrocientos metros y comenzaba a distinguir el minúsculo cobertizo un grito la hizo estremecerse.
—¡Toma, canalla! —habÃa gritado una voz.
—¡El señor Morgan! —exclamó Yolanda—. ¡Dios mÃo! ¡Está en peligro!
Echó a correr desesperadamente, gritando:
—¡Señor Morgan, voy en vuestra ayuda!
Próximo al semiapagado fuego veÃa un grupo que se agitaba, y parecÃa formado por un hombre y un animal.