Yolanda, la hija del Corsario Negro
Yolanda, la hija del Corsario Negro —¡Que el infierno se lo trague! —murmuró Carmaux—. ¡No me habÃa engañado!
—¡Decid a ese capitán que es un imbécil! —gritó Pedro—. No somos corsarios.
—Tengo orden de intimaros que os rindáis. Luego se verá si sois realmente españoles o ladrones de las Tortugas.
—La marina no cede a tales intimaciones.
—¡Sabed que hay aquà quinientos hombres y que vuestra nave ha tomado las de Villadiego!
—¡Somos los bastantes para resistir lo que nos plazca! ¡Atacadnos si os atrevéis, y mis marineros os enseñarán de lo que son capaces!
—¡Ya lo veremos! —dijo el oficial alejándose con el corneta de órdenes.
—¡Nos hemos lucido! —dijo Pedro volviéndose hacia Carmaux y el hamburgués—. Si tuviéramos nuestros arcabuces, no me preocuparÃa, aunque estén frente a nosotros quinientos hombres, si realmente son tantos.
—No lo creo —repuso Carmaux—. Pero deben de ser bastantes y tienen cañones y arcabuces. Nos hemos dejado coger como chiquillos. No nos queda sino esperar a la vanguardia de la flota de Morgan, que debÃa zarpar después de nosotros. Si ha llegado ya a Santa Catalina, el sitio no durará mucho.
—¿Cómo estamos de vÃveres, Carmaux?
—No hay más que bebidas, capitán.