Yolanda, la hija del Corsario Negro

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Se dirigió hacia una calle, que debía de ser un atajo, abierto entre una plantación de añil y de caña de azúcar, haciendo seña a los dos filibusteros de que le siguieran.

El saqueo de la ciudad continuaba en los barrios centrales.

Más allá de la doble fila de casas y palacios se elevaban nubarrones de humo y chispas, y se oían disparos de fusil y ensordecedores clamores.

Probablemente la parte de población que no había tenido tiempo para salvarse en los bosques trataba de oponer resistencia a los saqueadores, y estos procuraban espantarla descargando sus fusiles e incendiando cabañas y casas.

Después de recorrer algunas callejuelas que separaban las últimas casas de la ciudad de las plantaciones y de la laguna, don Rafael se detuvo ante un viejo palacio, ennegrecido por el tiempo y coronado por dos torrecillas-campanarios.

—El convento de los Carmelitas —dijo.

—Parece que lo han abandonado sus habitantes —dijo Carmaux, viendo la puerta abierta.

—Han huido todos. Ya sabéis que los corsarios infieles no perdonan a nuestros frailes.

—Es verdad —repuso Wan Stiller—. A cuantos cogen los matan a pistoletazos. ¡Son verdaderos salvajes esos puritanos!


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