Yolanda, la hija del Corsario Negro
Yolanda, la hija del Corsario Negro —¿Entramos? —preguntó el plantador.
—¡Por Baco! —exclamó Carmaux—. ¡Quiero ver al valiente capitán, si no se ha ido!
—Estoy cierto de que no ha huido.
—¡Prepara las armas, hamburgués!
Empujaron la puerta de hierro, que estaba entornada, y se encontraron en una vastÃsima sala. Era una especie de capilla; a derecha e izquierda habÃa algunos altares, en los cuales brillaban muchas antorchas.
Aunque los filibusteros de Morgan no habÃan llegado hasta allÃ, reinaba en aquel recinto un gran desorden.
Bancos y sillas estaban unos encima de otros, los altares habÃan sido precipitadamente despojados de cuanto tenÃan de valor, y por el suelo, yacÃan cuadros, imágenes sagradas y crucifijos.
—¿Es grande este monasterio? —preguntó Carmaux.
—Bastante —repuso don Rafael—. Pero creo inútil recorrer las salas y las celdas. Si el capitán se encuentra aquÃ, estará en los subterráneos.
—¿Dónde están?
Don Rafael indicó un ángulo de la iglesia, diciendo:
—Bajo esa piedra.
—¿Tiene compañeros vuestro capitán?
—Lo ignoro.