La Conjuración de Catilina
La Conjuración de Catilina Por su parte, Cayo Antonio, hallándose enfermo de la gota y no pudiendo asistir a la batalla, entregó el mando del ejército a Marco Petreyo, su legado. Éste pone en el frente las cohortes veteranas, que había vuelto a alistar por causa de esta guerra; detrás de ella coloca el resto del ejército para el socorro y, girando a caballo por las filas, nombra a cada uno de los soldados por su nombre y los exhorta y ruega que miren que van a pelear con unos ladrones desarmados, por la patria, por sus hijos, por sus aras y sus hogares. Como era hombre de guerra, que hacía treinta y más años que militaba con gran crédito y que había sido tribuno, prefecto, legado y pretor en el ejército, conocía a los más de ellos y sabía sus particulares hazañas, y con traérselas a la memoria inflamaba los ánimos de los soldados.
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