La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios 1. Si dice alguien que la carne es la causa de todos los vicios del mal vivir, ya que el alma, influida por la carne, vive viciosamente, bien claro demuestra que no presta diligente atención a toda la naturaleza del hombre. Cierto que el cuerpo mortal es lastre del alma8. Y por eso también el Apóstol, tratando de este cuerpo corruptible, del cual poco antes había dicho: Aunque nuestro exterior va decayendo9, dice: Es que sabemos que si nuestro albergue terrestre, esta tienda de campaña, se derrumba, tenemos un edificio que viene de Dios, un albergue eterno en el cielo, no construido por hombres; y, de hecho, por eso suspiramos, por el anhelo de vestirnos encima la morada que viene del cielo, suponiendo que, al quitarnos ésta, no quedamos desnudos del todo. Sí, los que vivimos en tienda suspiramos abrumados porque no querríamos quitarnos lo que tenemos puesto, sino vestirnos encima, de modo que lo mortal quede absorbido por la vida10. Así que somos abrumados por el cuerpo corruptible, y conociendo que la causa de este peso no es la naturaleza y la sustancia del cuerpo, sino su corrupción, no queremos despojarnos del cuerpo, sino vestirnos de su inmortalidad. Aún existirá entonces el cuerpo, pero no será ya corruptible, ya no abrumará. El cuerpo mortal, pues, es ahora lastre del alma, y la tienda terrestre abruma la mente pensativa11. No obstante, están en error quienes piensan que todos los males del alma proceden del cuerpo.