La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios 2. Hemos dicho que de ahĂ procedĂa la existencia de dos ciudades diversas y contrarias entre sĂ: unos viven segĂșn la carne, y otros segĂșn el espĂritu. Esto equivale a decir que viven unos segĂșn el hombre y otros segĂșn Dios. Lo dice con toda claridad San Pablo a los corintios: Mientras haya entre vosotros rivalidad y discordia, Âżno estĂĄ claro que sois carnales y procedĂ©is segĂșn el hombre?16 Proceder segĂșn el hombre es ser carnal, ya que por la carne, es decir, por una parte del hombre se entiende el hombre. LlamĂł, en efecto, mĂĄs arriba animales a los que despuĂ©s llama carnales diciendo: ÂżQuiĂ©n conoce a fondo la manera de ser del hombre, si no es el espĂritu del hombre que estĂĄ dentro de Ă©l? Pues lo mismo: la manera de ser de Dios nadie la conoce si no es el EspĂritu de Dios. Y nosotros no hemos recibido el espĂritu del mundo, sino el EspĂritu que viene de Dios; asĂ conocemos a fondo los dones que Dios nos ha hecho. Eso precisamente exponemos no con el lenguaje que enseña el saber humano, sino con el que enseña el EspĂritu, explicando temas espirituales a hombres de espĂritu. Pero el hombre animal no puede hacerse capaz de las cosas que son del EspĂritu de Dios, le parecen una locura17. Y a Ă©stos, es decir, a esos hombres animales dice poco despuĂ©s: Y asĂ es, hermanos, que yo no he podido hablaros como a hombres espirituales, sino como a carnales18.