La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios No se puede achacar, con injuria del Creador, nuestros pecados y nuestros vicios a la naturaleza carnal, ya que en su género y en su orden es buena. Lo que no es bueno es dejar al Creador bueno y vivir según el bien creado, ya elija uno vivir según la carne, según el alma o según el hombre total, formado de alma y carne (y por ello se le puede designar sólo con el nombre de alma o sólo con el nombre de carne). Pues quienes alaban la naturaleza del alma como bien supremo, y acusan a la naturaleza de la carne como un mal, apetecen carnalmente el alma y huyen carnalmente de la carne, siguiendo en esto la vanidad humana, no la verdad divina.
Realmente los platónicos no son tan insensatos como los maniqueos, detestando los cuerpos terrenos como malos por naturaleza; afirman que todos los elementos de que está formado este mundo visible y tangible, y todas sus cualidades, tienen a Dios por artífice. A pesar de ello, piensan que las almas están tan afectadas por los órganos y los miembros destinados a la muerte, que de ahí les vienen las enfermedades de las apetencias y de los temores, de la alegría y de la tristeza. Que son las cuatro perturbaciones que llama Cicerón, o las cuatro pasiones, como las llaman otros tomándolo del griego, en que se contiene todo el desorden de las costumbres humanas.