La Ciudad de Dios

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Si ello fuera así, ¿por qué Eneas -dice Virgilio-, habiendo oído a su padre en los infiernos que las almas han de tornar a sus cuerpos, se admira de esta opinión y exclama: «¡Oh padre!, es creíble que algunas almas se remonten de aquí a la tierra y vuelvan por segunda vez a encerrarse en cuerpos materiales? ¿Cómo tienen esos desgraciados tan vehemente anhelo de la luz?». ¿Es posible que, influido por los órganos terrenos y miembros destinados a la muerte, se encuentre ese tan vehemente anhelo en almas cuya pureza se proclama tan alto? ¿No dice que están purificadas de todas sus manchas corpóreas cuando comienzan a querer retornar a sus cuerpos? Consecuencia: aunque fuera verdad extremo tan sin sentido de la purificación y contaminación de las almas que van y vuelven en alternativa incesante, no podría afirmarse verosímilmente que todos los movimientos culpables y viciosos de las almas les vienen de los cuerpos terrenos, ya que según ellos mismos, al decir del ilustre poeta, el vehemente deseo está tan lejos de proceder del cuerpo que, aun estando el alma purificada de toda mancha corpórea y establecida fuera del cuerpo, la apremia a estar de nuevo en el cuerpo. De esta suerte, según su propia confesión, no es sólo la carne la que apremia al alma en las apetencias y el miedo, en la alegría y la tristeza; de ella misma puede proceder la agitación de esos movimientos.

CAPÍTULO VI


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