La Ciudad de Dios

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1. Por lo que toca a estos filósofos, en lo referente a la cuestión de las perturbaciones del ánimo, ya les hemos respondido en el libro IX de esta obra, demostrándoles que están más ávidos de discusiones que de verdad; se fijan no en la realidad, sino en las palabras. Pero entre nosotros, según las santas Escrituras y la sana doctrina, los ciudadanos de la santa ciudad de Dios, que viven según Dios en la peregrinación de esta vida, temen y desean, se duelen y gozan. Y como su amor es recto, son también rectos estos afectos en ellos. Temen la pena eterna, desean la vida eterna; se duelen al presente, porque aún gimen en sí mismos, esperando la adopción divina y la redención de su cuerpo43; gozan en la esperanza, porque se cumplirá lo que está escrito: La muerte ha sido absorbida por la victoria44. De igual manera temen pecar, desean perseverar; se duelen de los pecados, gozan en las obras buenas. Temen pecar, porque oyen: Al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría45. Desean perseverar al oír lo que está escrito: Quien persista hasta el final se salvará46. Se duelen en los pecados al oír: Si afirmamos no tener pecado, nosotros mismos nos extraviamos y, además, no llevamos dentro la verdad47. Gozan en las obras buenas cuando oyen: Dios ama al que da con alegría48.




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