La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios 2. Claro, no se conmueven por estos afectos mirando sólo a sà mismos, sino también atendiendo a aquellos que desean ver liberados, y temen que perezcan y se duelen si perecen, y gozan si los ven liberados. En efecto, ponen los ojos de su fe con sumo agrado en aquel excelente y fortÃsimo varón que se glorÃa en sus debilidades53, por citar, sobre todo nosotros, que hemos pasado de la gentilidad a la Iglesia de Cristo, al Doctor de los gentiles en la fe y en la verdad, que trabajó más que todos sus compañeros de apostolado54 e instruyó con sus numerosas cartas a los pueblos de Dios, no sólo a los que tenÃa presentes, sino a los que se preveÃan futuros; miran, digo, a aquel varón, atleta de Cristo, enseñado por Él, ungido de Él55, crucificado con Él56, glorioso en Él, luchando lealmente el gran combate en el teatro de este mundo, hecho espectáculo para los ángeles y para los hombres57, lanzándose a la meta a recoger la palma de la vocación celeste58.