La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios En efecto, con el nombre de temor casto se alude a aquella voluntad de que tenemos necesidad para no querer pecar y evitar el pecado, no por la inquietud que da la debilidad ante el miedo al pecado, sino por la tranquilidad que produce la caridad. Si no puede haber temor alguno en aquella seguridad certísima de los gozos perpetuos y felices, el pasaje el temor casto, que permanece por todos los siglos, viene a ser como este otro: No quedará frustrada para siempre la paciencia de los pobres79, porque no será eterna la paciencia, que no es necesaria donde no hay nada que sufrir, sino que será eterno el fruto de la paciencia. De esta manera quizá se dijo que el temor casto permanece por todos los siglos, porque ha de permanecer aquello adonde nos lleva el mismo temor.
6. Siendo esto así, como hay que emprender una vida recta para llegar a la vida feliz, todos estos afectos son rectos en una vida recta, y perversos en una vida perversa. Y la vida feliz y a la vez eterna tendrá un amor y un gozo no sólo recto, sino también seguro, sin temor ni dolor alguno. Así ya aparece cómo deben ser en esta peregrinación los ciudadanos de la ciudad de Dios, viviendo según el espíritu, no según la carne, es decir, según Dios, no según el hombre, y cómo han de ser también en aquella inmortalidad a la que caminan.