La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios 5. El temor de que habla el apóstol San Juan: En el amor no existe temor; al contrario, el amor acabado echa fuera el temor, porque el temor anticipa el castigo; en consecuencia, quien siente temor aún no está realizado en el amor75; ese temor -digo- no es de la condición de aquel que hacía temer al apóstol Pablo que los corintios se dejaran seducir por la astucia de la serpiente76; este temor es propio de la caridad; es más, sólo lo tiene la caridad. En cambio, aquel temor es de tal calidad que no existe en la caridad, y de él dice el Apóstol: No recibisteis un espíritu que os haga esclavos y os vuelva al temor77; aquel otro temor casto que permanece por todos los siglos78, si permanece incluso en el siglo futuro (¿cómo, si no, puede entenderse «permanecer por todos los siglos»?), no es un temor que aparte del mal que puede sucedernos, sino que nos mantiene en el bien que no puede perderse. Pues cuando el amor del bien logrado es inmutable, el temor de precaver el mal, si se puede hablar así, está libre de inquietud.