La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Justamente se pregunta si el primer hombre o los primeros hombres (ya que el matrimonio era de dos) tenían en el cuerpo animal antes del pecado los sentimientos que no tendremos nosotros en nuestro cuerpo espiritual una vez acabado y purificado el pecado. Si los tenían, ¿cómo eran felices en aquel memorable lugar de felicidad, esto es, en el Paraíso? ¿Quién puede ser tenido por totalmente feliz si le amarga algún temor o dolor? ¿Y qué podían temer o lamentar aquellos hombres en semejante abundancia de bienes tan grandes, en que ni se temía la muerte ni enfermedad alguna del cuerpo, en que no faltaba cosa alguna que pudiera conseguir la buena voluntad, ni había nada que lastimase la carne o el ánimo del hombre que vivía felizmente? Reinaba allí un amor sereno a Dios y de los cónyuges entre sí, viviendo en una leal y sincera compañía. De este amor procedía un inmenso gozo, sin decaer el objeto del amor y causa del gozo. Se evitaba con tranquilidad el pecado, y al evitarlo, no surgía de otra parte mal alguno que pudiera contristarlos. ¿Deseaban acaso tocar al árbol prohibido para comer, pero temían el morir, y por eso el temor y el miedo los perturbaba ya en aquel lugar? Lejos de nosotros el pensar esto cuando no había aún pecado alguno. Pues no deja de haber pecado en desear lo que prohíbe la ley de Dios, absteniéndose de ello por el temor de la pena, no por amor a la justicia. Lejos -repito- de nosotros el pensar que antes de todo pecado ya hubo tal pecado, el admitir acerca del árbol lo que dijo el Señor sobre la mujer: Si alguien mirare a una mujer con mal deseo, ya adulteró en su corazón80.