La Ciudad de Dios

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Por tanto, como eran felices los primeros hombres, sin sentirse agitados por las perturbaciones del ánimo ni lastimados por las molestias de los cuerpos, lo hubiera sido también toda la sociedad humana si ellos no hubieran cometido el mal que transmitieron a sus descendientes, u otro alguno de su linaje hubiera cometido la iniquidad que mereciera condenación, y permaneciendo esa felicidad hasta que por la bendición -Creced y multiplicaos81- se completara el número de los santos predestinados, se les daría otra felicidad más grande, la que se les dio a los felicísimos ángeles. Allí habría ya una cierta seguridad de que nadie había de pecar ni de morir; y la vida de los santos, sin haber experimentado trabajo, dolor ni muerte alguna, había de ser tal cual lo será después de todo esto en la incorrupción de los cuerpos, cuando sea otorgada la resurrección a los muertos.

CAPÍTULO XI

Caída del primer hombre, en quien la naturaleza, creada buena, fue corrompida, y no puede ser reparada sino por su autor




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