La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Hasta tal punto los males son superados por los bienes que, aunque se tolere su existencia para demostrar cómo puede servirse de ellos para el bien la justicia providentísima del Creador, pueden, pese a ella, existir los bienes sin los males, como existe el mismo y verdadero supremo Dios, como toda creatura celeste, visible e invisible, sobre este aire caliginoso. En cambio, no pueden existir los males sin los bienes, porque las naturalezas en que se encuentran, ya en cuanto naturalezas, son un bien. Se suprime, pues, el mal, no quitando alguna naturaleza sobreañadida o alguna de sus partes, sino sanando y reparando la que había sido viciada, corrompida. De suerte que el albedrío de la voluntad es libre cuando no se somete a los vicios y a los pecados. Así fue dado por Dios; y si se pierde por vicio propio no puede ser devuelto sino por quien pudo ser dado. Por eso dice la Verdad: Sólo si el Hijo os da la libertad seréis realmente libres84. Que es lo mismo que si dijera: «Si el Hijo os salva, estaréis verdaderamente salvados». Es el libertador, porque es el salvador.
2. Así vivía el hombre, según Dios, en el Paraíso, tanto corporal como espiritual. Porque no había paraíso corporal por los bienes del cuerpo, sin serlo espiritual por los del alma; como no había paraíso espiritual para gozo de los sentidos interiores sin paraíso corporal para gozo de los exteriores. Existían uno y otro para un doble gozo.