La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Lo mismo que le sucedió a Aarón, que no se dejó seducir por el pueblo para fabricar el ídolo, sino que lo hizo obligado85; como tampoco es creíble que Salomón prestara servicio a los ídolos arrastrado por el error, sino forzado a semejantes sacrilegios por las caricias femeninas. De este modo se ha de pensar que aquel varón cedió ante su mujer, uno a una, el hombre al hombre, el cónyuge a la cónyuge, para transgredir la ley de Dios, no como si creyera por la seducción a la que hablaba, sino por la relación familiar que los unía. No dijo sin razón el Apóstol: A Adán no lo engañaron, fue la mujer quien se dejó engañar86, queriendo dar a entender que aquélla aceptó como verdad lo que le dijo la serpiente, y él, en cambio, no quiso separarse de su mujer ni aun en la complicidad del pecado. Y no fue por esto menos culpable, ya que pecó a ciencia y conciencia. Por eso no dijo el Apóstol: «No pecó», sino: No lo engañaron. Lo confirma donde dice: Por un hombre entró el pecado en el mundo, y luego más claramente: Cometiendo un delito como el de Adán87. Tiene él por seducidos a los que hacen lo que no piensan ser pecado; pero Adán lo sabía. ¿Cómo, si no, sería verdad: a Adán no lo engañaron? Cierto, quizá desconocedor de la severidad divina, pudo equivocarse teniendo por venial el pecado cometido. Y según esto no fue seducido como lo fue la mujer, sino que fue engañado, como hay que interpretar lo que diría luego: La mujer que me diste por compañera me ofreció el fruto y comí88. ¿Para qué más? Aunque no fueron ambos engañados creyendo, fueron ambos apresados y envueltos en los brazos del diablo.