La Ciudad de Dios

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CAPÍTULO XII

Gravedad del primer pecado cometido por el hombre

Puede preocuparle a alguien por qué no sufre un cambio la naturaleza humana por otros pecados, como se cambió por la prevaricación de los dos primeros hombres, hasta quedar sometida a la corrupción que vemos y sentimos, incluso a la muerte, y verse perturbada y fluctuante entre tantas y tan grandes tendencias contrarias entre sí, como no lo había sido en el Paraíso antes del pecado, aunque estaba en cuerpo animal. Si a alguien le preocupa esto -repito-, no debe tener por tan leve y pequeña la falta cometida, porque consistió en un alimento, no malo ni nocivo de por sí, sino por estar prohibido. Ni Dios iba a crear o poner algún mal en un lugar de felicidad tan grande. Lo que se recomendó en el precepto fue la obediencia, virtud que en la criatura racional es como la madre y tutora de todas las virtudes, ya que esa criatura fue creada en tal condición que le es ventajoso estar sometida, y perjudicial el hacer su propia voluntad en lugar de la de su creador. Así, este precepto de no comer de un árbol donde había tal abundancia de los demás, tan fácil de cumplir, tan breve para ser retenido en la memoria, sobre todo cuando la concupiscencia aún no resistía a la voluntad, lo que sucedió luego como pena de la transgresión; este precepto -digo- fue violado con tanta mayor injusticia cuanto más fácilmente pudo ser observado.


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