La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios 2. No hubiera, pues, el diablo sorprendido al hombre en el pecado claro y manifiesto de hacer lo que Dios había prohibido si él mismo no hubiera ya comenzado a complacerse a sí mismo. De ahí que le halagara aquel seréis como dioses93. Y hubieran podido ser mejores uniéndose por la obediencia al supremo y soberano principio, no constituyéndose a sí mismos en principio por soberbia. Los dioses creados no son dioses por su verdad, son dioses por la participación del verdadero Dios. Apeteciendo ser más, se es menos, y al querer bastarse uno a sí mismo, se aparta de Aquel que verdaderamente le basta. De suerte que aquel mal que, al complacerse el hombre a sí mismo, como si él fuera luz, lo aparta de la luz que, al agradarle, lo hace a sí mismo luz; aquel mal -digo- precedió allá en lo escondido, de suerte que siguió este mal que se cometió abiertamente. Pues es verdad lo que está escrito: Antes de la caída, el corazón se exalta, y antes de la gloria, se humilla94. La caída que tiene lugar en lo escondido precede a la que tiene lugar abiertamente, aunque no se la tenga por caída a la primera. ¿Quién tiene por caída la exaltación? Y ya hay allí una caída en el hecho de abandonar al Excelso. Y ¿quién no ve la caída en la transgresión evidente e indudable del mandato? Dios prohibió lo que una vez cometido no podía encontrar pretexto alguno que lo excusase. Y aún me atrevo a decir que les es útil a los soberbios caer en algún pecado claro y manifiesto a fin de que experimenten displicencia, disgusto de sí mismos; ellos, que habían caído precisamente por complacerse a sí mismos. Sin duda que Pedro sintió un disgusto más saludable cuando lloró, que la complacencia que tuvo con su presunción95. Esto dice también el salmo sagrado: Cúbreles el rostro de ignominia para que busquen tu nombre, Señor96, es decir, para que se complazcan en buscar tu nombre los que se habían complacido buscando el suyo.